Mi celular no dejaba de sonar. No contesté ninguna llamada, pero respondí un mensaje de texto de una tía que trabaja en Carabineros. “Hijo, te amamos mucho. Sólo dinos que estás bien”, decía. Les escribí: “Estoy bien”.
Caminé durante varias horas por los caminos de tierra con el mismo pensamiento. Estaba acompañado y solo al mismo tiempo.
Llegué cerca de las 2 de la mañana a la parcela sureña de unos tíos. Ellos no viven ahí, pero tienen ese campo para vacacionar y arrancarse de Santiago de cuando en cuando. De chico siempre iba con mis viejos y me terminé haciendo muy amigo de la familia de cuidadores que trabajaba ahí. Como no podía avisarle a estos tíos que me arranqué, les pedí a ellos que me alojaran.
–Obvio, Rey, quédese todo lo que quiera. ¿Le hago un tecito? ¿Comió?
–Gracias, señora Nina. Un tecito no más –respondí.
–Me hubiera avisado que se venía y le hubiera preparado comidita, pueh.
–Tranqui, Nina. Fue de improviso.
–¿Y qué le pasó, oiga?
–…
La señora Nina me pasó la cama de uno de sus 14 hijos: la de Pedrito –esa semana se había ido a trabajar a otra parcela–. No reparé en la humedad de las sábanas ni en las pulgas que siempre me picaban cada vez que visitaba esa casa de madera. Pegué un par de suspiros profundos y sentí el olor a estiércol de vaca mezclado con eucalyptus que corría en el aire. Me pareció abrumadoramente tranquilizador y nostálgico, cerré los párpados y no desperté hasta las dos de la tarde.
–Rey, vamos a ir a hacer catequesis. ¿Nos quieres acompañar? –me dijo uno de los hermanos al día siguiente.
Dos de los hijos de la señora Nina eran los encargados de hacer actividades religiosas en la iglesia del sector. Desde que entré al colegio emblemático no había vuelto a pisar una casa de Dios, pero como no tenía nada mejor que hacer, decidí acompañarlos. Íbamos saliendo cuando vuelve a sonar mi celular. Era mi tía otra vez.
–¿Aló? ¿Hijo?
–Estoy bien, tía…
–Qué bueno, hijo… sólo queríamos escucharte y saber que estabas bien…
–Me tengo que ir.
–Llámame después, por favor.
–Ok –terminé y apagué el celular.
Caminamos varios kilómetros por un par de horas y nos instalamos en una capilla con unos 10 pendejos a cantar canciones de Dios. La construcción se estaba cayendo a pedazos. Miraba a cada rato el techo con el miedo de que alguna de las vigas podridas me diera en la cabeza o que alguna de las paredes de adobe se derrumbara y nos aplastara.
Abre tu jardín…
La guitarra estaba desafinada. Los pendejos, aún más. “Igual me gustaba esta canción”, pensaba. Miré hacia el fondo de la capilla, por sobre las nucas y las bancas y me quedé viendo fijo al Cristo en la pared. ¿Cuántos años había sido acólito en el colegio católico? ¿Tres, cuatro? Me acordé del Julio, el acólito mino, y de la noche en el retiro espiritual donde le pedí si me podía dormir con él. Me dijo que no. Durmió con otro pendejo, el muy culiao.
Traigo una buena noticia…
Novedad sin fin…
¿Y si nunca me hubieran cambiado de colegio? De seguro seguiría siendo acólito. Quizá hasta sería hétero y no me habría ido nunca de la casa. No me habría enamorado del Sr. Revolución, mis compañeros nunca se habrían enterado de que era cola, nunca me habrían molestado por serlo y nunca habrían llamado a mi casa para contarlo. “Quizá ahora estaría en un seminario, preparándome para ser cura…”.
Corramos a recibirla…
Ven levántate…
Quizá mi destino no era ser feliz. No al menos en el sentido Disney de la felicidad. Sí, eso tenía que ser. Las colas no son felices. ¿Cuál era la máxima expresión de amor a la que podía aspirar en esas condiciones?
Abre tu jardín…
Pon flores en tu ventana…
Canta una canción…
¿Acaso todo lo que estaba pasando era mi culpa, Jesús? No, no era mi culpa. ¡Por supuesto que no lo era! ¿Es mi pecado ser cola?. No. Es culpa del mundo que tú creaste. “Odio tu mundo”.
Hoy ya se murió la muerte…
Es día de fiesta…
Aunque lo intentara, no volvería a amar a nadie. ¿Qué era el amor sino rechazo, dolor y desesperación? No quería eso. No lo quería nunca más. Ni la soledad más solitaria del mundo era tan triste. En mi corazón sólo habría espacio para el resentimiento. “Así debe ser, así es como debe ser…”.
Es día de vida…
–Rey, te está buscando una señora.
Uno de los hijos de la señora Nina se acercó a susurrarme al oído. Su cara me lo dijo todo.
–Conshasumadre.
¿Cómo no lo pensé antes? Era obvio que lo harían. ¿Cuál era la posibilidad de que rastrearan la llamada del celular apenas contestara? 99,9% de probabilidad, sino el 100%. Salí de la capilla y ahí los vi: mis tías, mis tíos y un par de primas. Habían llegado en dos autos. No divisé a mis papás por ningún lado. Un poco más allá, detrás de unos árboles frondosos, un vehículo de Carabineros se estacionaba a la orilla del camino de tierra. A lo lejos aún podía escuchar a los niños.